Colombia y naturaleza

La conmemoración del bicentenario es una oportunidad para volver a imaginar nuestra relación con las riquezas naturales y la geografía del país.

En 2016 comenzó la Expedición Bio, un proyecto liderado por el gobierno que articula a varias instituciones y universidades para la exploración de diversos ecosistemas en áreas no exploradas del país. Uno de sus objetivos es evaluar el potencial de aprovechamiento sostenible bioeconómico incluyendo territorios del posconflicto. A este respecto se refería el año pasado un artículo de la BBC cuando afirmaba que Colombia tiene la misión de dar sentido a su biodiversidad, aislada por años de guerra.

Hace 200 años, los líderes patriotas imaginaron que la interdependencia entre diferentes altitudes y geografías del norte de Suramérica garantizarían la prosperidad de la nueva república. Quienes abrazaron la causa de la independencia expresaron sus aspiraciones de autonomía de España acogiendo al paisaje y a la naturaleza como símbolos de potencial económico. Unos años antes de la creación de Colombia en el Congreso de Angostura de 1819, un experimento político buscó unificar al Nuevo Reino de Granada en un estado federal conocido como las Provincias Unidas. Los representantes del congreso de 1815 decidieron que el escudo de armas que reemplazaría las insignias del despotismo español serían maravillas de la naturaleza. Una granada en el centro, el Salto del Tequendama, el volcán Chimborazo y el Istmo de Panamá representarían a la confederación. Poetas, naturalistas y hombres de leyes que habían hecho parte de la Expedición Botánica, relacionaron estos lugares con el potencial de riquezas agrícolas diversas y la disposición natural de la futura Colombia para el comercio.

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Escudo de armas de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, 1815, AGI, Mapas y Planos, Panamá, Santa Fe y Quito, 233.

Pocos años antes, en el famoso Memorial de Agravios de 1809, Camilo Torres afirmaba que el suelo fértil, las inagotables riquezas naturales de América y su excepcional posición en el globo, justificaba el clamor por un gobierno basado en la justicia y la igualdad entre la colonia y España. Torres imaginaba una Nueva Granada agrícola y comercial, no dependiente en la economía extractiva colonial predominante basada en la minería. La de Torres fue una entre muchas voces de de naturalistas, intelectuales y burócratas criollos que criticaron el modelo minero e imaginaron a la naciente república como una economía agrícola, comercial y manufacturera.

Este interés por el desarrollo agrícola y comercial siguió permeando los debates y escritos de quienes contribuyeron a inventar la república de Colombia en 1819. En 1820 el vicepresidente Francisco Antonio Zea señalaba que un territorio extenso y con varias altitudes proveía diversidad de productos agrícolas. No en vano la ley del 6 de octubre de 1821 estableció que el símbolo de la nueva nación serían “dos cornucopias llenas de frutos y flores de los países fríos, templados y cálidos”. Los líderes republicanos imaginaron un futuro en el cual el territorio de “la colosal” República de Colombia ofrecería todos los productos agrícolas del mundo. Resaltaron la posición geográfica estratégica del país para el comercio global, con un pie sobre el Atlántico y otro sobre el Pacífico.

Así como hace 200 años, hoy en nuestra imaginación colectiva, Colombia sobresale como un territorio privilegiado con maravillas naturales extraordinarias y riquezas aún por descubrir y aprovechar. Las sensibilidades hacia la naturaleza de los líderes de la independencia nos recuerdan que el bicentenario se trata de conmemorar no solamente un hecho militar que nos llevó a la independencia de España. La reconstrucción de un país después de años de guerra, como ocurrió hace 200 años, nos permite reimaginar posibilidades y planes económicos, políticos, sociales, geográficos y culturales vinculados a la sostenibilidad de nuestro entorno natural.

Contrario a las palabras de Torres, hoy somos conscientes de que la naturaleza no es una fuente inagotable de recursos. Por eso, de cara a los retos ambientales de nuestro tiempo como los efectos nocivos de la minería, la deforestación y los proyectos hidroeléctricos, entre otros, es importante preguntarnos qué modelo de desarrollo económico queremos promover para Colombia. De las sensibilidades que construyamos alrededor la naturaleza hoy y de cara a los próximos 200 años dependerá, en gran medida nuestra existencia como país.

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El mundo cambió en 2020

Quienes habitamos en este planeta sabemos que nada volverá a ser como antes. Este año marca un antes y un después en la historia de la humanidad. Es raro escribirlo, como historiadora es emocionante vivir un momento de cambió histórico sin precedentes. Como humana, es complicado. La incertidumbre sobre el futuro es difícil de digerir y de incorporar en una cotidianidad casera pero anormal. La cuarentena nos empuja a muchos a confinarnos dentro el computador, en el entretenimiento en línea y en el trabajo virtual. Tengo la ventaja de poder trabajar desde la casa, pero en el día a día  he sentido a menudo que las responsabilidades del trabajo son irrelevantes a lado de lo que está pasando “allá afuera”: enfermedad, hambre, miedo e incertidumbre.

En el “afuera” más próximo, el de mi barrio, las calles están vacías, el silencio es inédito, el aire respirable. En Bogotá los casos de contagios se acercan a los dos mil y las muertes se acercan a las ochenta. Eso, claro, según unos datos que se comportan de manera extraña. Crecen para luego disminuir durante los fines de semana, generan dudas y son difíciles de navegar en las herramientas de visualización del gobierno. Es curioso, pues hoy parece que la única manera de comprender el presente y proyectar el futuro del virus y su impacto, es a partir de unos datos cuantitativos. Sabemos que son datos incompletos, datos desactualizados, afectados por contingencias como el daño en las máquinas de diagnóstico, la escasez de reactivos y la poca capacidad del país (y de muchos países) para hacer pruebas.

Imperfectos y todo, los datos aportan claves para que los gobiernos tracen rutas a seguir y tomen decisiones sobre la cuarentena. En este momento para varios gobiernos pareciera que lo más urgente es reactivar la economía y no proteger a los más vulnerables. Apoyan a los bancos para que endeuden a quienes están al borde de la quiebra. Y paradójicamente, en este engranaje productivo que se buscar reactivar, el levantamiento parcial del confinamiento pondrá a trabajar a las personas del sector de la construcción y a los operadores de máquinas en fábricas; quienes no tienen el privilegio de trabajar desde la casa y quedan así no más expuestos al contagio.

Para quienes podemos quedarnos en casa lo que pasa afuera parece ir en cámara lenta. Vivimos una tensa calma.  La montaña parece estar a punto de derrumbarse. Pero la montaña ya se derrumbó para millones de personas que viven del día a día, que venden en la calle, que no tienen seguridad social, que se rebuscan en el transporte público, que dependen de empleos informales basados en la circulación de la gente en la calle. La gente está guardada, la calle está vacía, y la avalancha ya se está llevando a muchos por delante. Banderas rojas en casas del sur de Bogotá simbolizan la falta de ingresos, el hambre.

Sabemos que lo peor no ha llegado. Nos queda la paciencia, el arte de saber esperar, aunque no sabemos qué esperar. Sabemos que todo está cambiando, pero vivir dentro de este régimen del cambio histórico es apabullante. Mientras esperamos nos distanciamos, nos cubrimos, limpiamos todo, trabajamos si podemos, nos distanciamos, nos cuidamos, cocinamos, desinfectamos, caminamos poco, hacemos mercado, y repetimos, y volvemos a repetir las rutinas del encierro. Y quién sabe hasta cuando o por siempre, o por años, o por siglos. Un nuevo periodo en la historia de la humanidad comienza y puede ser de larga duración y no lo sabemos.

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Turning Despair Into Strength

Dear friends and family in the United States,

As a result of the feelings of despair and frustration that the election is causing, I can only say: my heart is going out to all of you.

On October 2nd, after Colombians voted “No” on the peace deal between the Farc guerrilla and the government to end 52 years of armed conflict, those like me, who supported the “Yes,” fell prey of a similar grief. We felt the urge to understand what happened and why. We started to question our responsibility as individuals, as members of a nation, as scholars.

In light of what happened this week, I wanted to say: We can start turning the pain into strength; we can start harnessing the power of citizens to support those communities that are the most vulnerable. We can start doing concrete things.

To my friends who are educators: There is one initiative promoted by students and professors going on in Bogotá. “Historias para lo que viene” (Histories for what is coming). One of their strategies is to take university classes out of the classrooms and bring them to public spaces (#ClaseALaCalle). This is an attempt to create spaces of learning, dialogue, and respect in which larger communities can be involved.

We can invite our communities to reflect on the past, present, and future of the United States in public settings. We can reflect collectively on how to protect those around us, how to resist, how to assure that something like this never happens again.

Lets talk and listen to each other.

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Historia y paz

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“No ser capaz de pensar de forma histórica hace que seamos todos ciudadanos empobrecidos”, dijo la historiadora Mary Beard cuando recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales el pasado 21 de octubre.  Beard continuó diciendo que la historia es una conversación entre el presente y el pasado que nos permite conocernos a nosotros mismos, “desafiando nuestras certidumbres culturales y abriendo nuestros ojos a distintas perspectivas”. Creo que las palabras de Mary Beard son relevantes para pensar en lo que pasó el pasado 2 de octubre cuando por una estrecha diferencia, la mayoría de los colombianos que votaron, le dijeron No al acuerdo de paz con las Farc. Este hecho, creo yo, deja en evidencia la incapacidad que tenemos como sociedad para pensar y pensarnos históricamente; y deja en descubierto la gran falta que hizo (y hace) el tener espacios abiertos, fuera de la academia, para reflexionar sobre nuestra historia.

¿Qué explica esta incapacidad? No hay una respuesta sencilla a esta pregunta pero me voy a concentrar en dos aspectos relacionados con la actual coyuntura que creo que pueden dar algunas luces. La primera, el papel de Comisión del Conflicto Armado y sus Víctimas que en el marco de proceso de paz intentó presentar una lectura múltiple y pluralista de la historia del conflicto armado pero falló en el intento. La segunda, el éxito de la tesis uribista desde hace más de una década según la cual no ha existido guerra en Colombia y por ende no hay conflicto armado sino una amenaza terrorista.

El proceso de paz conformó una mesa de expertos para esclarecer las causas del conflicto. El resultado, un informe titulado “Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia de la Comisión Histórica del conflicto y sus víctimas”, que contiene 12 ensayos de académicos quienes por años han estudiado la compleja realidad de Colombia. Los ensayos, como el mismo informe dice, “deben servir para que la Mesa de Paz y los colombianos en general abran una amplia discusión sobre lo que nos pasó, por qué nos pasó y cómo superarlo.” Sin embargo, el informe pasó desapercibido para el público general y en nada contribuyó a la determinación de responsabilidades. Aparte del evento de lanzamiento y de algunos foros convocados por universidades y medios, ni el gobierno ni las Farc hicieron una evaluación de los resultados. Los historiadores tampoco reseñamos ni discutimos los resultados del mismo (no al menos de forma pública), los medios de comunicación hicieron poco eco y la gente del común difícilmente iba a leer las 800 páginas del informe.

La tarea de difundir los resultados de tan noble ejercicio debió (y debe) recurrir a estrategias pedagógicas creativas para hacer de este un ejercicio de historia pública. Era (y es) una oportunidad para reflexionar en conjunto sobre nuestra historia, acercando a todos los colombianos al ejercicio de pensarnos desde distintas perspectivas. En la coyuntura particular del proceso de paz y el plebiscito, había además una oportunidad para contrarrestar con fuerza y determinación la tesis uribista según la cual en Colombia no ha habido conflicto armado.

Mientras que los relatores del informe de la Comisión acordaron utilizar la noción de “conflicto armado interno” para caracterizar la confrontación armada que ha sufrido el país, el ex presidente y ahora senador Álvaro Uribe ha insistido en negar la existencia del mismo. En numerosas ocasiones ha respaldado la tesis de la amenaza terrorista impulsada con fuerza durante sus mandatos (2002-2010) alineándose además con la guerra contra el terrorismo del ex presidente de Estados Unidos George Bush (2001-2009). Desde esta postura Uribe y sus seguidores borran la historia del largo y complejo conflicto colombiano negando a la guerrilla la posibilidad de convertirse en un interlocutor político. Interpretar el pasado reciente de violencia armada en Colombia únicamente como una amenaza terrorista tiene además implicaciones negativas en términos políticos, legales y diplomáticos (e.g. la aplicación del Derecho Internacional Humanitario entre otras).

En términos históricos, esta estrecha interpretación del pasado de Colombia, limita la posibilidad de formar ciudadanos críticos capaces de evaluar interpretaciones conflictivas de nuestro pasado. La forma como interpretamos el pasado no es un asunto que deba tomarse ligeramente, pues esta interpretación es la base fundamental sobre la cual construimos el futuro. El acuerdo creo yo, partía de supuestos que reconocían las causas históricas (aunque no muy claras para la mayoría de la ciudadanía) que explican por qué llegamos a este punto hoy (tema agrario, participación política, narcotráfico).

Hoy tenemos el inmenso reto de contribuir, en un ejercicio de historia pública, a acercar a los ciudadanos para que discutan, analicen y generen pensamiento crítico sobre nuestra historia. La iniciativa “Historias para lo que vienen” por ejemplo, está convocando a profesores universitarios a sacar sus clases a la calle con el objetivo de invitar a la sociedad a reflexionar sobre la historia del país en este coyuntura. Siguiendo el espíritu de esta iniciativa, en este espacio quiero invitar a quienes quieran participar en un grupo de lectura sobre el informe de la Comisión Histórica para proponer pedagogías creativas para hacer sus contenidos públicos y contribuir al debate. Los interesados me pueden escribir. Empecemos un diálogo que nos permita contribuir a que los colombianos pensemos la paz desde la historia.

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Un paso más cerca del fin del conflicto armado

El 23 de Septiembre de 2015 en La Habana, el gobierno colombiano anunció junto al comandante de la guerrilla de las Farc y Raul Castro, que la fecha en la que se firmará la paz entre las dos partes será a más tardar el 23 de marzo de 2016. Parece mentira.
Varias generaciones, incluyendo la mía, nacieron y crecieron en un país con un conflicto armado. El conflicto con las Farc lleva más de 50 años. Es decir, todos los colombianos nacidos mas o menos desde los años 60s para acá, no sabemos que es vivir en un país sin guerra.

Aunque no sabemos muy bien cuáles serán los efectos políticos, económicos, culturales y sociales de dicha firma, pues muchos de los problemas sociales e incentivos económicos por los cuales el conflicto armado surgió y persiste hasta nuestros días no se han resuelto, creo que los efectos mentales de esta firma y la desmovilización de las Farc son poderosos.

El hecho de cerrar un proceso histórico de largo aliento e imaginar el comienzo de una nueva etapa en nuestra historia es motivo de esperanza. La esperanza que genera el hecho de que como sociedad pudimos llegar a un consenso que abre las puertas a la reconciliación, a un sistema de justicia que se ajuste a las tan complejas características y razones históricas del conflicto y sus actores.

El 23 de marzo será una fecha histórica no por que ahí terminen los múltiples problemas que azotan a Colombia, pero será la fecha en que las nuevas y viejas generaciones de colombianos podremos empezar a imaginarnos y construir un futuro donde la confrontación armada entre ciudadanos de un mismo país no sea normal ni aceptable como forma de hacer política. Donde valoraremos el poder del diálogo y la búsqueda de consensos, donde curemos las heridas que décadas de guerra han dejado en la sociedad.
Ya era hora. Así dan más ganas de regresar a Colombia.

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Entre el proyecto uribista y la paz imperfecta

 
En julio de 2004 el jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) Salvatore Mancuso fue invitado a hablar en el congreso . Mancuso dio un discurso para legitimar el proceso de paz que el entonces presidente había iniciado con las AUC. Ante la mirada impávida de las víctimas de las masacres y atrocidades cometidas por las AUC la sala plena del congreso aplaudió las palabras de Mancuso. Haber permitido a Mancuso hablar en el Salón Elíptico del Congreso fue un gesto que en el que Uribe reconoció a los paramilitares como interlocutores políticos. Es más, el mismo presidente que nos gobernó entre 2002 y 2010 añadió: “Desde que haya buena fe para avanzar en un proceso, no tengo objeción a que se les den estas pruebitas de democracia. Creo que se sienten más cómodos hablando en el Congreso que en la acción violenta en la selva“. Sin palabras.

A pesar de la indignación por este episodio, en su momento pensé que un proceso de desmovilización de los grupos paramilitares tendría un precedente histórico importante, en tanto si resultaba exitoso sentaría unas bases para una eventual negociación con la guerrilla. Sin embargo, solo para mencionar algunos hechos, el rearme de grupos paramilitares en las conocidas Bacrim y la interrupción de las audiencias entre víctimas y jefes paramilitares tras su extradición en mayo del 2008, minó el proceso. Para el 2004 además ya era bien sabido que políticos regionales se habían aliado con sectores del paramilitarismo para llegar al poder en las elecciones de 2002. También se destapó el escándalo de la parapolítica: un alto porcentaje del congreso había sido elegido gracias a esta alianza criminal. La posibilidad de desmovilizar y reinsertar dentro de la vida civil a los paramilitares tendría no sólo que pasar por un complejo proceso de justicia transicional. La cultura política de los colombianos debería rechazar tajantemente cualquier vínculo entre la máquina criminal paramilitar y la clase política, aun cuando para muchos colombianos esto es aceptable en tanto se trate de enfrentar un mal mayor: la guerrilla.

Esto quedó claro en las elecciones del domingo. Los sectores de la extrema derecha una vez más fueron tremendamente efectivos en mandar el mensaje de temor a la guerrilla, la existencia de un complot en su contra, y la gran mentira de que el castro-chavismo se va a tomar al poder. El proceso de paz no es perfecto, nunca lo será. Pero creo importante resaltar un elemento de este proceso que no tiene precedente histórico. La agenda de discusión que se estableció con las FARC toca un tema que intelectuales y analistas políticos han identificado a través de los años como fundamental para explicar las causas de la guerra: el tema agrario.

A la pregunta por las diferencias entre el proceso de paz que el gobierno de la mano dura y el corazón grande hizo con los paramilitares y el proceso que Santos adelanta con las FARC habría que añadirle un análisis de las trayectorias y causas históricas del paramilitarismo y la guerrilla.(Ver línea de tiempo sobre el origen del paramilitarismo al final de la página). En cualquier caso, el proceso histórico de surgimiento y desarrollo de ambos actores es muy complejo y no pretendo reconstruirlo acá. Un punto fundamental sin embargo ha sido la inclusión del narcotráfico dentro de las dinámicas, políticas, económicas y armadas tanto del Estado, la sociedad y los grupos al margen de la ley. Punto que además también se discute en la agenda de paz de La Habana.

De cara a las elecciones de 15 de junio creo indispensable revisar lo que ha significado el proyecto uribista para el país. El uribismo se ha montado sobre una retórica y una práctica que define unos límites laxos entre las instituciones legítimas de la democracia establecidas por nuestra Constitución, y los proyectos económico-criminales de una élite que cree que todo vale. Los ocho años de Uribe nos dejaron una contrarreforma agraria legal y armada incubada por la siniestra alianza entre empresarios, paramilitares y el Estado. Está alianza ha despojado a campesinos de sus tierras para avanzar proyectos agro-industriales como el de la palma africana. El proyecto uribista además ha dejado el mayor número de desplazados que jamás haya tenido Colombia. Sumado a esto, y de forma mezquina, el uribismo ha minimizado la tragedia del desplazamiento forzado al referirse a éste como migraciones internas .

Votar por el uribismo es defender un proyecto que no reconcilia sino que polariza y que define la seguridad de la manera más obtusa posible, es decir igualándola a militarizar. Es fracturar lo avanzado en el proceso de paz para seguir profundizando el lenguaje de la polarización y del odio. Es defender un proyecto que conceptualiza el largo y complejo conflicto colombiano como “terrorismo”, borra su historia. Por esta razón la lógica uribista nunca va a ver en las FARC un interlocutor político, aun cuando si lo hizo con las AUC. El proyecto uribista es cínico, confunde e insulta la inteligencia de los colombianos. Ejemplo de esto es nombrar su movimiento de extrema derecha “Centro Democrático”, y sostener que Santos es comunista.

En un país como Colombia que lleva décadas intentando poner fin al conflicto armado, el lenguaje del odio incentivado desde arriba sólo reproduce los espirales de intolerancia y violencia. Con esto no quiero decir que el proyecto santista, si es que hay uno claro, sea la solución. Hay que recordar que Santos fue también baluarte del uribismo y ministro de Defensa de los falsos positivos. Sin embargo, su distanciamiento del uribismo en temas fundamentales, incluyendo el proceso de paz, es algo alentador. Oscar Iván Zuluaga ya dijo que lo primero que va a hacer si llega a la presidencia será suspender los diálogos de paz. Prefiero una paz imperfecta, pero negociada, a volver a la militarización de la seguridad y al proyecto económico-criminal sobre el que éste se sustenta. Ya tuvimos 8 años a Uribe en el poder y no derrotó a las FARC por la vía militar (como nos prometió). Frente a un país que ha pasado los últimos 50 años convertido en un campo de batalla donde nadie gana y muchos perdemos, creo, con un optimismo moderado, que hay que darle una oportunidad a este nuevo intento negociado por acabar la guerra.

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Cartografía digital: en busca de las voces perdidas en la historia

La naturaleza de la práctica investigativa ha sufrido transformaciones sin precedentes en los últimos años. Los historiadores de hoy tenemos acceso a un número de recursos de acceso a información digital que hace veinte años no existían. Así como los nuevos recursos de la era digital han trasformado la manera de investigar, es necesario reflexionar sobre las posibilidades que se abren no sólo para el acceso de información, sino la forma como la podemos ordernar, visualizar y relacionar. El proyecto del profesor Vicent Brown de la Universidad de Harvard ilustra el potencial de las tecnologías de la información para resolver problemas históricos y ofrecer formas orgininales de representar en cambio a través del tiempo, el movimiento y la espacialidad.

El proyecto “Slave Revolt in Jaimaica, 1760-1761. A Cartographic Narrative” (Revuelta Esclava en Jamaica, 1760-1761. Una narrativa cartográfica), presenta una herramienta para visualizar un tipo de información que no es fácilmente aprehensible al leer las fuentes textuales. La rebelión esclava en Jamaica fue un hecho pobremente registrado por colonizadores y oficiales del imperio británico. Las fuentes hablan sobre todo de los miedos, ansiedades y deseos de los esclavistas. Sin embargo, el profesor Brown plantea que es posible discernir algo más sobre la rebelión trazando los movimiento de los combatientes en el espacio. Al rastrear las locaciones de los esclavos durante la revuelta, el mapa devela algunas de sus estrategias a la vez que permite observar las tácticas de la insurreción esclava.

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El mapa se puede navegar acá: http://revolt.axismaps.com/project.html

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Mañana 17 de septiembre de 2013, la cadena de televisión PBS estrena un documental de 6 horas sobre las historias de latinos y latinas en los Estados Unidos.

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Imaginando la unión de los dos océanos

Desde que en 1513 Núñez de Balboa se encontró con el Océano Pacífico, al cual bautizó como Mar del Sur, comerciantes, científicos y políticos imaginaron la posibilidad de abrir comunicación entre el Pacífico y el Atlántico no sólo en el Istmo de Panamá, sino en varias partes del territorio que se extiende desde la actual Colombia hasta México.

La posibilidad de conectar el Atlántico con el Pacífico estuvo en centro de las aspiraciones comerciales de ingleses, estadounidenses y colombianos durante los años en que la Nueva Granada—hoy Colombia, Ecuador, Venezuela y Panama- se independizó del imperio español para formar un estado de corta vida llamado Colombia (o para diferenciarlo del país que en los libros de historia ha sido bautizado como la Gran Colombia).

Además su obvio potencial económico, el Istmo de Panamá jugo un papel fundamental como símbolo del proyecto de construcción de la nación colombiana. No en vano el congreso de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, que reclamó para si el poder político durante la crisis de la monarquía española de 1808, escogió al Istmo, entre otros lugares de la naturaleza, para representar ésta nueva entidad política.

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Sumado a esto, Simón Bolívar convocó en 1824 al Congreso Intermamericano en Panamá. En la imaginación de Bolívar Panamá era el lugar ideal para dar inicio a su idea de conformar una confederación de Estados Americanos. En sus propias palabras: “Parece que si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá, sería señalado para este augusto destino, colocado como está en el centro del globo, viendo por una parte el Asia, y por el otro el África y la Europa.” Bolívar además contrato al ingeniero inglés John A. Lloyd en 1827 para que hiciera las mediciones de los niveles de los océanos Atlántico y Pacífico y determinara la viabilidad de construir comunicación interoceánica ya fuera por medio de un ferrocarril o un canal.

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Esta pues es una historia menos conocida que aquella que se materializó en 1914, cuando después de haber logrado su independencia de Colombia y con la ayuda de los Estados Unidos, Panamá terminó la construcción del canal interoceánico del Ismo, que sería combustible fundamental de la economía estadounidense y mundial del siglo XX.

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Ideas y críticas historiográficas al XIX

Preparando las listas del lecturas para los exámenes del doctorado en historia creo que empiezo a tener una idea de algunas de las cosas que me encontraré en la producción académica hispanoamericana. El siglo XIX es el siglo de la construcción de las repúblicas, y/o/también de las naciones de América Latina. Es el siglo donde los pilares fundacionales de un montón de cosas que definen a los países de la región se siguieron asentando (pues esto no pasa en el vacío y hay un pasado colonial que pesa más bien harto) y echaron raíces.

En las historiografías nacionales se piensa a menudo en las organizaciones político-territoriales del XIX con criterios de organización del siglo XXI. Si miramos bien, Colombia no existía como tal para 1820, ni Venezuela, ni Quito. Sin embargo los historiadores se empeñan en estudiarlas como unidades individuales aun cuando entre 1810 y 1830 — por lo menos hacían parte de un todo-, concebido a partir de criterios de ordenamiento territorial coloniales, como lo fue virreinato de la Nueva Granada.

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